PARA "NEGRO MUERTO"
Esta narración es una de las tantas que guardo en mi memoria corriendo de a
caballo, tras la jauría persiguiendo jabalíes.
Puede resultar similar a cualesquiera de las otras que permitieron 40 capturas
en el mismo campo.
Lo importante, en esta narración, es la Estancia donde se desarrollaron los
hechos la que, algunas veces, sufrió el vandalismo de algún "cazador" y supo
soportarlo con diplomacia que sólo la gente de bien posee.
Me refiero a "Negro Muerto". Toda una tradición dentro de nuestra provincia.
Porque allí se practica la real hospitalidad criolla a través de sus hombres más
representativos.
Don Ricardo Roda, al que me unen elementales deberes de gratitud, al maestro
Prieto que continúa la obra inconmensurable de Sarmiento, enseñando a los chicos
del lugar y muy especialmente a los dueños de la Estancia, Sres. Víctor y Juan
Carlos Galli, que prestigian nuestra tradición criolla con su hospitalidad
puesta de manifiesto a cada momento.
En nombre de quienes tratamos de practicar deporte, dentro de normas claras y
haciéndome eco del sentir de todos los que han llegado al lugar, deseo destacar
lo expuesto, dejando expresa constancia que siempre la captura de la presa fue
posible gracias a la voluntad hospitalaria de la gente de "Negro Muerto".
El jabalí ha desaparecido de allí, debido a esa lucha intensiva contra la plaga.
No es cuestión, a pesar de ello, de parodiar al Viejo Vizcacha "rompiendo el
porrón después de tomar la caña. . .". Siempre existe la posibilidad de que haya
quedado alguno lejano e inalcanzable, sirviendo de incentivo a quienes buscan
acción a través del deporte.
La práctica cinegética nos permite ganar amigos, sufriendo los mis¬mos soles y
los mismos fríos sobre las montas y comprendiendo —ante la bravura del monte o
la inmensidad de la llanura— que nada hay mejor que un buen compañero. Nosotros,
los "puebleros" hallamos entre esta buena gente del campo un magnífico material
humano que, brindando su corazón, a cada paso, nos permite reverdecer las
mejores tradiciones de nuestra patria y de nuestro acervo histórico.
Para ellos, personificados en la gente que compone "Negro Muerto", va dedicado
el relato que comienza.
El autor.
EL ALARIDO
Se agiganta, a la distancia, la figura del lugar de nuestro destino En medio de
la arboleda, va tomando forma la casa de la Estancia. Su colorido suave, va
empequeñeciendo, lentamente, el verdor de los pinares que la rodea.
Atrás, implacable, nos persigue la túnica de polvo que arrastra la estanciera.
Al jugar con el viento forma en el aire caprichosos remolinos.
El rugir del motor merma su eco, ensayando las aceleradas finales hasta
detenerse en medio de un silencio "caliente", adormecido bajo el sol de la
siesta.
El polvo que nos perseguía nos da, por fin, alcance. Nos cubre y sigue su marcha
hasta perderse al frente ensombreciendo el pinar.
En el portal del caserón, tendido sobre el valle, ayer verde y hoy soportando
cruel sequía, nos aguarda con franca sonrisa y cordial abrazo, nuestro amigo
Ricardo Roda, mayordomo de la Estancia.
Las horas pasan, la tarde nos muestra su breve crepúsculo mientras, atareados,
acomodarnos la jauría.
Nos sorprende la noche atando la última cadena, preparando la última ración.
Luego, la mesa larga, bajo el techo cordial. En la pared de nuestra espalda el
barómetro marca la sequía que sentimos.
En un extremo de la habitación la estufa, crepitante, deja consumir, a través de
azulado humo, los restos de un sauce costero que, tal vez, en otras épocas
brindó reparador descanso a algún malón de los que asolaban la zona.
Allí transcurre la cena, cordialísima, entre gente amiga. El frío de la noche no
llega hasta nosotros. Hay demasiado calor en la casa, tanto material como
espiritual, para sentirlo.
La madrugada nos encuentra embebidos en los preparativos de las monturas,
máquinas y víveres.
A lo lejos, van perdiendo forma, silenciosamente, las estrellas.
Los caballos se mueven nerviosos dando pequeños trancos, mientras la jauría.
desatada, ensaya corridas, entrechocando entre sí, mostrando la alegría que les
brinda el espacio abierto y venteando, de tanto en tanto, los olores del campo
quieto.
Partimos.
Queda atrás el casco de la Estancia.
Pronto, el monte monótono en su grandeza, nos recibe con el quejido de las ramas
quebradas.
Fija la vista en el suelo, atentos los sentidos a los perros cazadores, tratamos
de desentrañar el paso de la presa.
Pasan las horas junto a las leguas, matizadas por esperanzas siempre renovadas y
el placer del rastreo largo.
Así hasta que el sol va descendiendo en el horizonte, dejándonos el recuerdo de
su breve claridad que apura el paso del regreso. Enfrentamos otro día que nos
muestra, en su frío intenso, la seca larga, el monte sufrido, la tierra dura,
donde el rastro del jabalí resulta imposible.
Nuevo regreso largo, en busca de reposo. Al fin, en la tercera jornada, surge
del suelo el trote nítido del solitario jabalí deseado.
El abanico de los tres cazadores toma forma.
En su centro, la jauría dirigida marcha ya sobre el rastro de la bestia, delante
de su amo, quien, firme la vista en el suelo, la va "llevando".
La emoción crece.
Seguros ya, monte tras monte, se agiliza el paso que sólo detiene, por pocos
instantes y hasta ser superado, algún alambrado.
Pasan las horas, viene y huye el bosque, mientras cada vez más firme, continúa
el rastro su caprichosa marcha.
De pronto ¡oh emoción!.. ., arranca un perro en vertiginosa carrera. Tras él, el
resto...
Los jinetes, con un alarido que sobrecoge el ánimo, desestriban sus pies,
desbocando sus cabalgaduras en seguimiento de la jauría.
Resuena en el silencioso ambiente el tronar de los cascos, el ruido del monte
quebrado por el empuje y el grito del amo de la jauría que rebota en los
jinetes.
¡Chelóóó!... ¡Chelóóó!... ¡Chelóóó!...
Se ve ya el rastro de la presa, su pezuña clavada en la tierra removida por su
tremenda carrera y, en su persecución, las huellas de las patas de los perros,
los que demuestran en gemidos apagados, el afán de sus ansias combativas.
Cae un jinete en cruel rodada. Detiene el equipo su exigida carrera resoplando,
mientras el silencio del drama presentido va tomando forma en medio de la
polvareda que se levanta.
Mas no. Por suerte, pronto corre el jinete revolcado e inseguro, aún, gana su
monta. Castiga al noble bruto y el indiano grito vuelve a brotar de su garganta
nerviosa.
Sigue la corrida su terrible galopar, salvando el monte bajo y dejando la piel
de los jinetes en las espinas del alto.
Ante el redoble, huye el águila curiosa, mientras la maestría de los jinetes
juega su justa de superar al resto.
Vibra en el monte el grito repetido que azuza a la jauría. La presa imprime
mayor velocidad a su corrida, buscando en el tremendo esfuerzo de atravesar los
montes cual saeta, desorientar a sus perseguidores.
¡Chelóóó!... ¡Chelóóó!... ¡Chelóóó!. . .
Se junta, a lo lejos, la polvareda de presa y jauría. El alarido de los monteros
se hace más vigoroso, mientras se atrepella montes, para acortar distancias.
La lucha ha comenzado.
El grito de aliento a la jauría combativa, resuena en el ambiente.
Clavan los cascos los corceles, al pie del titánico combate y caen al suelo los
arañados jinetes, rodeando la escena con el corazón sobrecogido por la leal
pelea.
Suena imperioso el bufido del jabalí irritado, con sus cerdas erguidas. Se
revuelve, ágilmente, demostrando en cada dentellada la estirpe de su alma
combativa.
Los perros prendidos, ya, reciben en la sangrienta danza de la lucha el castigo
de la fiera sujetada, con gemidos apagados.
Vibran bajo las pieles, los músculos estirados, arrastrando la tierra bajo sus
patas al tratar de afirmarse. El monte cede paso a la brega, abriendo claros en
medio del sordo crugir de sus ramas ven¬cidas.
El polvo seco del suelo removido, se eleva al aire. El remolino de la lucha,
acrecentada en furor, lleva a los cielos el titánico esfuerzo de pezuñas y
patas, formando un impresionante ballet de fuerza y de fiereza.
Se tiñen las pieles blancas de los perros de manchas escarlatas. La tierra bebe,
ávida, el sudor de los cuerpos mezclado con la espuma de sus bocas y la sangre
de sus heridas.
Se calma y vuelve a enardecerse la lucha. Parece el fin y de pronto, es
comienzo. Se cumple la dentellada adivinada de la fiera pero los perros sujetan
su embestida, tal como les fuera enseñado.
Los minutos pasan lentos en la brega, pero el esfuerzo continuo pide tributo en
cansancio. La lucha merma poco a poco y se hacen más pausadas las acciones.
Templa músculos la jauría, vibra la forma bajo el esfuerzo y en la palanca de su
firmeza, va aquietándose la peligrosa testa de la bestia sujetada.
Ayudan los jinetes desmontados, vuelcan la presa, maniatan su boca y desprenden
los perros. Luego se anudan las patas del jabalí que, enfurecido aún, entrechoca
sus dientes lanzando impresionantes resoplidos. La bestia nose resigna a verse
vencida.
Descansan, por fin, las emociones humanas.
La jauría con los cuerpos manchados por su propia sangre, busca la sombra breve
de los montes. Abriendo sus bocas, respiran agitadamente su cansancio. De cuando
en cuando, se lamen, cuidadosamente, las crueles heridas recibidas.
La calma ha vuelto al monte. El silencio ocupa su reinado del que fue alejado
momentáneamente.
Se agiganta otra vez el pinar, esta vez con más colorido, con más alegría...
La mesa larga recibe las emociones vividas, la corrida tremenda, la jauría
combativa...
El jabalí vencido y capturado, recorre sus tablas con nerviosismo.
La gente de "Negro Muerto" se muestra contenta. Cayó un temible depredador.
Habrá una preocupación menos... Nos alejamos del pinar, del amigo Roda, del
campo de los Galli, de "Negro Muerto", sintiendo que un pedazo de nuestra alma
queda con ellos en esta despedida Muchas gracias gente gaucha, gente amiga, que
por más de cuarenta veces me permitisteis hacer retumbar la tierra con el galope
de mi caballo, lanzado en loca carrera, regar con sudor y sangre de mis jaurías
vuestros hospitalarios campos e hicisteis posible esforzar mi garganta y la de
quienes me acompañaron con el clásico grito de la cacería...
¡Chelóóó!... ¡Chelóóó!... ¡Cheloóó!. . .
AMADEO BILO.