Porque luchan y mueren los Dogos
Hace pocos meses los periódicos y radios del país,
se hicieron eco y ocuparon extensamente de la forma heroica en que murió un Dogo
Argentino, en lucha con un jabalí, en Choel Choel Ese Dogo —Day de Trevelin—,
tuvo la suerte de luchar y morir en presencia de periodistas Americanos y
Argentinos, y fue filmado y fotografiado en acción. Ello dio trascendencia a su
muerte y lo lanzó a la popularidad, tanto aquí, como en el exterior, ya que en
Estados Unidos, también los periódicos se ocuparon de él.
Para quienes no han tenido la oportunidad de ver los dogos en acción y en lucha
con un ¡abalí Europeo de afilados colmillos, les resulta sorprendente y hasta
inusitado que un perro trabado en lucha con un animal que le supera en muchos
veces su peso y en armas de combate, no abandone la pelea hasta vencer o morir.
Pero esa es la consigna del Dogo Argentino.
La muerte de Day de Trevelin —hermoso ejemplar que hace cinco años enviáramos
desde aquí a Biló—, me trae a la memoria algunas anécdotas de luchas y muerte de
Dogos de las que hemos sido testigos presenciales o tenido noticias fidedignas.
Trataremos de recordar algunas.
Para Semana Santa del año pasado, al regresar a nuestra casa de Esquel en el
Domingo de Pascuas, de un via¬je en avión a Punta Arenas, nos encontramos que un
camionero había traído y depo¬sitado en manos del servicio doméstico, un dogo
prácticamente deshecho y con tantas heridas en su maltrecho cuerpo, que parecía
imposible que sobreviviera a tanto traumatismo. El perro no era de mi propiedad,
y al principio no lo reconocí, pues estaba muy lastimado e hinchado por golpes y
lesiones. Llamé a uno de los veterinarios de Esquel, el Dr. Núñez, quien le
prestó sus más solícitos cuidados y ayudado por mi y un amigo, le cosimos las
heridas y le hicimos las curas de emergencia. Poco a poco se fue recuperando,
hasta que salió a flote.
A los pocos días pude ubicar a su dueño, el señor Pastor Rocha, capataz en la
estancia de don Elias Owen, en Trevelin —en dicha estancia nació el ya famoso
Day de Trevelin— y allí me informaron de lo ocurrido.
Don Elias, con su capataz Rocha, habían salido de a caballo a revisar una
hacienda, al atardecer del día viernes Santo y sólo llevaron a Olvido de
Trevelin, uno de sus dogos, hermano de Day y a un ovejero. En seguida que
entraron al monte, el dogo olfateó un jabalí y se lanzó en su persecución. A los
pocos minutos sintieron la lucha sorda del dogo y la bestia, mientras el
ovejero, con sus continuos ladridos, les indicaba el lugar del drama. Anochecía
y la penumbra no les permitía o hacía muy riesgoso el avecinarse, hasta el
trágico lugar de la lucha, sin más armas que sus, cuchillos de campo. Recordaron
que pronto saldría la luna llena y a prudente distancia fueron siguiendo de a
caballo en medio del bosque, la lucha del dogo con el jabalí, orientados siempre
por los ladridos del ovejero, ya que el dogo sin soltar la presa no emite ningún
sonido y el jabalí, cuando es macho adulto, tampoco grita y pelea en silencio,
sin hacer más ruido que el que se produce al sacudir el cuerpo del dogo contra
los troncos y ramas, tratando de desprenderse dé su atacante. Transcurrió así
como media hora, rápido de decirlo pero que parece un siglo y son vitales,
cuando se está frente a una lucha tan desigual, en medio de un bosque
cordillerano y de noche. Salió al fin la luna llena y don Elias y su capataz
pudieron arrimarse, echando los
caballos contra el enorme jabalí y no sin riesgo pudieron tomarlo de la pata,
mientras el malherido dogo lo sujetaba de la cabeza y terminaron con él a
puñaladas. El dogo, era una sola mancha roja que contrastaba con la albura de su
pelo, que aquí conserva una blancura inmaculada, lavados por la nieve y el agua,
que en la cordillera tanto abunda. Despanzaron la presa, que se trataba de un
enorme macho adulto y lo cargaron sobre uno de los caballo. Mientras tanto el
dogo desapareció y por más que lo llamaron, no pudieron dar con él. Pensaron que
habría muerto, ya que el dogo al sentirse morir o muy herido se esconde en la
maleza y con la tristeza natural al hecho, regresaron al casco de la estancia.
Pasó toda la noche del viernes, el sábado y el domingo por la tarde, venía un
camionero por la ruta de Valle Frío, encontrando que regresaba en dirección a la
estancia, el dogo malherido y que apenas caminaba. Pensó que era de mi propiedad
y por eso lo trajo hasta mi casa de Esquel. El Dogo, Olvido de Trevelin, había
luchado solo, mano a mano, más de media hora, de noche, en medio del bosque, con
un jabalí que lo aventajaba mucho en peso y pese a estar muy herido por eos
meses, fue muerto al fin por un jabalí, cazando en Río Grande. Tres hermanos
suyos y por ende de Day de Trevelin, han muerto en iguales circunstancias, es
decir que de esa lechigada, murieron cuatro en su ley, viviendo actualmente dos.
Dele de Owen, que tiene el señor Biló y Facundo en nuestro poder.
Cuando llegué hace diez años a establecerme definitivamente en Esquel, traje
cinco dogos adultos, todos ca¬zadores. Se los presté al mayor Sustaita, para
cazar jabalíes en su estancia La Diana, en El Corcovado. Su capataz, Jaramillo,
cazó con ellos muchos jabalíes y pumas en un invierno. Alica-cha, un hermoso
dogo, nacido en La Pampa, fue muerto en la cordillera por un jabalí, después de
haber vencido ese mismo día a un puma, cuya cabeza guardo embalsamada como
precioso trofeo. La altura, la nieve y lo intrincado del bosque, impidió a
Jaramillo, que es un experimentado cazador y hombre de campo, llegar a tiempo
para ayudar a Alica-cha que ya había muerto con la carótida seccionada. Los
otros dogos estaban malamente heridos pero se salvaron. Al poco tiempo una doga,
que iba en persecución de un zorro colorado, se tiró desde varios metros de
altura contra el zorro que se había refugiado en una cornisa, y ambos se fueron
al abismo, muriendo los dos en la caída. Guardo también la cabeza del zorro, que
por su gran tamaño, más parece la de un coyote Americano. Un hijo de ésta
pareja, nacido mientras estuvieron en el Corcovado y que Jaramillo obsequiara al
estanciero vecino, don Alberto Sánchez, fue también muerto por un jabalí,
después de haber cazado colmillazos de la bestia magullado por los golpes
entre los troncos. Felizmente pudo recuperarse y a los quince días se lo
llevé a su dueño, ya completamente establecido.
Muchas veces más fue nuevamente herido, cazó inumerables jabalíes y pumas, y
después del hecho larrado, hasta que hace poco o muchos y haber sido herido
innumerables veces. El Sr. Sánchez tuvo la deferencia de preparar en un escudo
los colmillos del jabalí que mató a su dogo y obsequiárme los, los que guardo
entre mi colección.
Acabo de bajar de la cordillera del Percy, el dogo Naneo, que es de propiedad
del estanciero don Juan Go-ya. Lo he traído para cría, pues ha resultado
extraordinario cazador. Su cuerpo cubierto de cicatrices, parece un Samuray
Japonés, tiene 4 años y me informan que ha cazado en ese tiempo muchos jabalíes,
pumas y zorros. Cuando me lo trajeron, venía de estar tres días caído en una
quebrada de la montaña, a donde fue a parar tras un zorro. Lo encontró el
puestero Aviléz —que caza con él—y con el zorro muerto a su lado. Felizmente
salvó su vida. Y para terminar estos relatos, me referirá a la fotografía que
ilustra esta nota. La perra que aparece muerta en primer término, en el medio,
estaba prendida con su boca como tenaza de un muslo del jabalí, ya muerto. Como
al decirle que soltara la presa no lo hacía, la movimos y cayó de lado. Estaba
ya muerta y no había soltado. Cualquier comentario huelga.
Cansaría al lector si me pusiera a recordar todos los ca¬sos de mi conocimiento,
en que nuestros dogos han lu¬chado "To the end" o han muerto en pelea. Es su
destino.
Pero todos estos fieles y valientes compañeros de caza que acabo de recordar,
como tantos otros, no tuvieron la suerte de morir delante de periodistas o "Cameramen",
como el valiente Day de Trevelin y murieron en el anonimato, como el soldado
desonocido, que ofrenda su vida por la Patria, sin dejar su nombre para la
estatua o para la historia.
Son ya innumerables los Dogos Argentinos, que han muerto en la forma heroica con
que lo hizo Day de Trevelin, dejando sus cuerpos inertes, bañados de sangre.
verdaderos mojones blancos y rojos de coraje criollo, o lo largo y lo ancho de
nuestra patria.
Es a esos dogos, que mueren silenciosamente, que no tienen más tumba que la
verde gramínea de los campos virgen, ni más mortaja que la nieve, ni más
monumentos que los coihues y alerces milenarios o el picacho de hielos eternos,
a quienes quiero rendir mi emocionado y agradecido recuerdo.
Confieso sin hesitaciones, que cada vez que me entero que un dogo ha muerto en
su ley, siento como creador de la raza, junto con la tristeza inherente al hecho
penoso, esa especie de orgullo que deben haber sentido las madres Espartanas,
cuando al despedir a sus hijos que iban a la guerra, les decían al entregarles
el escudo: Vuelve con él, o muere sobre él. . .
Sabe Dios que hasta le fecha, todos los dogos han sabido triunfar en la lucha o
caer como Day de Trevelin. Por eso el monumento que la casa Winchester levanta a
ese Dogo, será también un monumento a tantos otros dogos, que en el anonimato,
silenciosamente, como soldados de fronteras han cumplido con fidelidad la
consigna de la raza, que como un sueño de niñez, les impusimos hace más de
cuarenta años con mi hermano Antonio. Triunfar o morir en el combatel
Agustin Nores Martinez