Unidos hasta la muerte
Pocas veces tuve oportunidad de comprobar una amistad más firme, un afecto
tan noble y sincero.
Ni entre los humanos -que nos consideramos en un nivel de superioridad con
respecto a los perros- he conocido lazos de tal firmeza y de tan profundos
sentimientos.
Ésta es, en verdad, una historia de perros. Pero de perros excepcionales que
quedaron grabados en mi memoria y que me sirven de permanente ejemplo.
Cuando los atardeceres me encuentran a pleno campo, montado en noble equino,
siguiendo mis jaurías tras la esquiva huella de un jabalí, me parece verlos
delante de mí, enseñándome el camino y a veces, ensoñado en el recuerdo,
pierdo la realidad de la acción y del momento que vivo.
"Brusse" y "Mancha" -tal sus nombres- merecían esta historia. No era lógico
que sus vidas ejemplares pudieran esfumarse en el olvido. Al publicar sus
nombres en DIANA les rindo un homenaje que, aunque postrero, lleva el mismo
sentido de sinceridad que animó la amistad que los unió en vida.
DOS AMIGOS
Brusse era un Deerhound de patas largas y andar
ceremonioso. Su cuerpo, cubierto de un largo pelo gris, le daba particular
aspecto.
Lo había recibido desde el Sur, entregado por un amigo que me lo dejó para que
le enseñara a cazar, casi sin esperanzas, porque el juicio de sus primeros
amos resultaba sencillamente lapidario: "Cobarde. Absolutamente inútil para
cazar".
Mancha era el nombre del otro héroe de esta historia. Un Dogo argentino hijo
de mi mejor perro de cacería, el "Day", al que hizo honor, como consumado y
decidido cazador.
No vaciló nunca ante la pelea franca, ni jamás hizo cuestión del tamaño del
jabalí que debería atacar.
"Brusse", más viejo que "Mancha", conoció a éste cuando el Dogo era apenas un
cachorro de cinco meses.
Ésa fue una de las razones por las que el pequeño eligió al Deerhound como su
protector, comiendo y durmiendo junto al buen Galgo que, pacientemente
aceptaba todas las incomodidades que le provocaba esta asistencia.
Terminaron por hacerse inseparables compañeros. Marchaban tras el caballo
desde el que yo conducía las jaurías en tren de enseñanzas, siempre
sincronizando al unísono sus movimientos o desapareciendo tras los montes, en
pareja.
Poco a poco se fueron constituyendo en algo natural, dentro de la actividad
cinegética que desarrollaba. Yo sabía que nunca los encontraría separados.
El Dogo hallaba trabajo, en sus primeros meses, para seguir el clásico paso
del Galgo, pero se ingeniaba para estar siempre a su lado, como una verdadera
sombra.
Así pasó el tiempo, andando siempre juntos en largas y penosas marchas por los
más áridos caminos o en los más intrincados montes patagónicos.
LOS APUROS DE UN CACHORRO
"Mancha" fue creciendo rápidamente. Su instinto
cazador se despertó avasallante, con pasión que, a ojos vistas, crecía día a
día.
Se obsesionó con los zorros a los que perseguía incansablemente, irritándose
con los engaños a que, a veces, era sometido por el picaro habitante de los
montes.
Tras sus pasos, "Brusse" comenzó a interesarse, también, por la caza. El ahora
rápido andar del Dogo, siempre ávido de nuevas aventuras, superaba el del
Galgo que seguía pacientemente sus vueltas y revueltas, siempre olfateando y
buscando imaginarias presas.
Llegaron los primeros contactos con el jabalí y el joven Dogo quedaba
temblando de emoción, después del combate, ajeno a la tranquilidad de los
"veteranos" que, echados a la sombra de algún arbusto, esperaban
tranquilamente mi atención, mientras se lamían lentamente sus heridas.
"Mancha" giraba en torno del jabalí muerto, olfateándolo y mordiéndolo a cada
instante o lamiendo la sangre derramada, regresando luego junto a los otros
Dogos, gimiendo emocionado, procurando atraer mi atención sobre sus compañeros
heridos.
"Brusse" repetía cada uno de sus movimientos, pausada y calladamente.
Finalmente, "Mancha" se echaba cerca del jabalí, sobre el que clavaba sus
ojos, como hipnotizado, permaneciendo así largas horas. "Brusse",
aburridamente, lo imitaba.
Sabía yo, a veces, desaparecer por largas horas, buscando otro caballo de
carga o cualquier otro menester indispensable y al regresar encontraba a los
dos canes, inmóviles, en su postura de guardianes, las orejas tiesas, como
esperando algún movimiento de la bestia muerta.
Los Dogos que componían la jauría, toleraba con paciencia a la singular
pareja, especialmente "Day", que actuaba como padre comprensivo y "Sire", un
excelente componente del cuarteto.
Pronto "Mancha" aprendió cómo actuaban los Dogos. Se acostumbró a la capitanía
del "Day", al que seguían ciegamente los otros canes, cuando emprendían su
corrida, luego de haber "saboreado" el aire, en medio del silencio expectante
de todos: cazador, equino y perros.
Aprendió a mirar anhelante a su padre, listo para seguirlo apenas iniciara
aquél su ataque, gimiendo de emoción y de bravura.
Más de una vez, el "Day" echó una mirada reprobadora sobre el cachorro, como
exigiéndole silencio para poder concentrarse. "Mancha" esquivaba la mirada y
rápidamente se dirigía hacia mí, moviendo la cola, pretendiendo aparecer ajeno
al problema.
Otras veces, el pequeño dogo imitaba a su padre parándose, muy tieso, en
alguna roca y venteando en todas direcciones.
Los otros Dogos, acostumbrados a la acción, se detenían, esperando el momento
de la corrida.
"Day" también se detenía, inspeccionaba a lo lejos y al final, volvía junto a
su hijo, procurando identificar, a su lado, la procedencia de la emanación.
Al darse cuenta de que no existía nada, se retiraba a buen paso y tras él se
iban los otros Dogos, dejando a "Mancha" solitario y chasqueado en sus
intentos de "capitanía".
Entonces, venía corriendo tras mi caballo, procurando ganarme la delantera
para repetir la operación un poco más adelante.
Los componentes de la jauría terminaron por aburrirse de estas acciones y
optaron por dejarlo hacer, sin reparar casi en él.
ZORROS, ¡NO!...
Su pasión por los zorros me causó más de un
disgusto, pues tras ellos, logró arrastrarme varias veces a la jauría. Mucho
me costó dominarle esa debilidad, en la que se "doctoró" sin enseñanza previa.
Pronto, "puse en vereda" a la jauría, pero "Mancha", secundado siempre por "Brusse",
continuó cazando zorros.
Llegaba con ellos en sus fauces, seguido del Deerhound, para comenzar a
pasearse delante de mi caballo, mostrándome la presa. Los otros perros lo
observaban sin inmutarse.
Finalmente dejaba caer al zorro muerto, esperando que yo lo recogiera. Así me
acostumbré a hacerlo, brindándole a "Mancha" una muy manifiesta satisfacción.
Cierta vez, en "Guardia Mitre" esta afición por los zorros nos dejó sin
cacería de jabalí. "Mancha" y "Brusse" me trajeron durante el día veintisiete
zorros, producto de otras tantas corridas, después de su clásico "venteo".
El resto de la jauría y yo, terminamos por detenernos ante cada escapada de la
pareja hacia los montes, esperando su reaparición con la presa entre los
dientes.
Agotados, pero felices, llegaban al pie de mi caballo, dejando a su lado el
zorro, ante la mirada indiferente de los otros Dogos. Luego, se echaban en el
suelo, estirándose, tratando de aquietar su agitada respiración.
Me bajaba del caballo y cuereaba la presa, ante la mirada complacida de
"Mancha" y "Brusse".
Luego, acomodaba el cuero del zorro tras la montura y reemprendíamos la
marcha.
Ese día fue memorable. Recuerdo que me acompañaba Elvio López, un ganadero
propietario del campo donde andábamos, que no cabía en sí de asombro ante el
accionar de mis perros. Me vi obligado, después, a obsequiarle dos Dogos,
hermanos de “Mancha", convencido de que con estos perros limpiaría su campo de
zorros.
Dos años más tarde, recibí una carta suya en la que me decía que "sus" perros
habían cazado en un día ¡¡22 zorros!!... El'buen amigo López "estallaba" de
orgullo en cada línea.
Sin embargo, por mucho que les doliera a "Mancha" y a "Brusse", era necesario
hacerles entender que no eran zorros los que a mí me interesaban.
Procuré orientarlos definitivamente hacia la caza del jabalí y del puma, meta
y razón de la existencia de los Dogos.
No fue fácil. Con dolor, fui "despreciando" sus zorros, arrojándolos lejos al
recibirlos. Las primeras veces volvían a buscarlos procurando "aportarlos"
nuevamente, pero finalmente comprendieron...
DIEZ MESES DESPUÉS
Habían
transcurrido ya diez largos meses de enseñanza campera. "Mancha" y "Brusse"
eran excelentes cazadores, de andar vigoroso y ágil. Las leguas pasaban bajo
sus patas sin afectarles. Sus plantas se habían endurecido, de tanto contacto
contra el pedregoso suelo. Aprendieron a sacarse las espinas con la boca, sin
lanzar un gemido, obedeciendo siempre el menor gesto que indicara una orden.
"Mancha" era todo un Dogo, al que sólo diferenciaba la presencia de "Brusse"
que era su sombra permanente, inalterable.
Aprendió a hacerse hábil en la "mordida", esquivando los colmillos de la
fiera, para quedar allí inconmovible a su furia.
Algunas pequeñas heridas ya habían marcado su cuerpo con el emblema sagrado de
los Dogos. Más de una vez ya había volado por los aires, ante el impacto del
hocicazo del jabalí, cayendo entre el polvo para volver a levantarse
prestamente, insistiendo en su mordida.
Cuando lograba prenderse, quedaba allí, firme y obstinado, golpeando contra
ramas y troncos espinosos, zarandeado terriblemente por el jabalí.
"Brusse" asistía a su amigo en estas emergencias, mordiendo al jabalí con saña
y procurando defender al Dogo hasta donde le resultaba posible.
La ligereza del Galgo nos valió más de una captura. Alcanzaba a los jabalíes,
en plena disparada, retrasándolo hasta que llegaba "Mancha". A pie firme,
sufrían ambos las primeras embestidas de la bestia, "aguantándola" en espera
del resto de la jauría, lo que equilibraba, rápidamente, la acción.
Terminada la lucha, se separaban del resto y comenzaban a lamerse
recíprocamente sus heridas, en un gesto tan conmovedor como tierno.
La jauría había terminado por tomar respeto hacía la pareja. "Mancha" se
perfilaba, día a día, como el- fiel reflejo de su padre. Su venteo se hizo
cada vez más seguro, sus "arrancadas" silenciosas nos brindaron satisfacciones
plenas, que se afirmaban día a día.
Ahora contaba yo con dos excepcionales ven.teadores, padre e hijo, tras los
cuales marchaba la jauría sin hesitación alguna, segura del éxito.
UN GOLPE DE "MANCHA"
Era
hermoso, realmente, verlos en acción en el campo. "Mancha", sólidamente
blanco, salvo el contorno de su ojo que presentaba negro, justificativo de su
nombre.
"Brusse", alto, desgarbado, con hirsuto pelaje gris, lo superaba en más de una
cuarta y media de alzada.
Era increíble la disparidad de figuras que existía entre el cazador argentino
y el escocés, pero al margen de esa disparidad se había amalgamado una amistad
fuerte, endurecida en el monte, compartiendo luchas y desazones.
En una oportunidad, "Day" y "Mancha" ventearon un gran jabalí cuyo rastro
veníamos siguiendo desde hacía cinco horas, a través de un monte intrincado y
espinoso.
La ligereza de "Mancha" le permitió flanquear a la fiera, a la que también "Brusse"
ya daba alcance.
El jabalí, molesto por el Galgo, se volvió, en velocísimo giro, cuando
justamente llegaba "Mancha". Un potente hocicazo lo despidió por los aires, a
buena altura.
La bestia siguió corriendo, hasta que "Day" -que comandaba la jauría- lo
alcanzó con los suyos, dos kilómetros más adelante, siendo ultimada, luego de
breve lucha.
Luego que atendí a los perros que habían intervenido en la acción, volví
atrás, presuroso, en busca de "Mancha".
A la distancia, los aullidos del galgo me indicaron el lugar donde se
encontraba. Silbé, agudamente, procurando indicarles que llegábamos. El Galgo
aumentó sus aullidos al notar nuestra cercanía.
Al llegar contemplamos un cuadro extraño y enternecedor. "Mancha", echado,
moviendo levemente la cola, quería incorporarse sin poder hacerlo. A su lado.
sentado sobre sus patas traseras, el Galgo no apartaba la mirada de su amigo
herido, gimiendo lastimosamente.
Desmontamos, cargué al Dogo en mi montura y regresamos. Sólo la dureza del
golpe lo había dejado en malas condiciones. Necesitaría de unos días de
reposo.
"Brusse" no se apartó de mi caballo, mirando, de tanto en tanto, muy
tiernamente, a quien descansaba en mi montura.
TRAS UNO "GRANDE"
Llegó,
un buen día, una invitación para ventear un gran jabalí, cuyo rastro tenía un
dejo sangriento y destructivo.
Su historia se remontaba a tiempo atrás y estaba plagada de la fantasiosa
imaginación de la gente que lo hacía poco menos que invulnerable.
Llegué a los campos, ubicados a la margen Sur del río Colorado, transportando
dos jaurías de Dogos.
Una encabezada por "Day", al que secundarían tres animales más.
La otra, a cargo de "Mancha" y "Brusse", con igual número de animales de
apoyo.
La característica esencial de la fiera estaba representada en su incansable
andar, rápido y aparentemente sin tregua. Salimos al campo con el dueño del
mismo, un criollo de casi dos metros de estatura, apellidado Zarazola.
Su poderoso Winchester recortado 44-40 y su cuchillo representaban elementos
de defensa que -lo sabía- estarían de nuestra parte en el momento deseado.
Cuando, después de largo andar, encontramos el rastro de la fiera, su tamaño
me sobrecogió. Por su pisada, parecida a la" de un ternero, calculé que su
peso superaría con amplitud los 200 kilos.
Noté que una de sus pezuñas delanteras se diferenciaba de las otras, tal vez
por algún accidente sufrido hacia años. Posiblemente, la rotura de la pata
correspondiente a ella. Su inconfundible personalidad quedaba marcada en el
suelo.
No dudaba de que este jabalí sería de acción fulminante.
Había sido batido varias veces por cazadores y perros sin resultado y su
experiencia de "escape" lo tornaba sumamente difícil de alcanzar.
Presentaba batalla, sin norma fija. Cuando se le ocurría, disparaba como un
bólido, atropellando monte, sin jauría capaz de detenerle.
Otras veces, esperaba en el monte, a pie firme, la embestida de los perros,
lejos los cazadores, detenidos por el monte.
Los perros eran vencidos en segundos... ¿Quién se animaba, luego a entrar
agachado, entre el follaje espinoso a desafiar las iras del jabalí?...
Confiando en mi suerte, una vez más, me comprometí a lograrlo, con el apoyo de
mis perros.
Después de seguir el rastro, largo rato, regresamos a la estancia. Ya sabía yo
por dónde andaba mi enemigo y estaba casi seguro de que, a la mañana
siguiente, lo encontraría.
Alisté la jauría de "Mancha", pues la de "Day" presentaba signos de cansancio
y luego del asado que nos sirvió de cena, nos dispusimos a descansar, en
espera del otro día.
UNA INDESEADA PAREJA
Con las
estrellas aún en el cielo, comenzamos a ensillar nuestros caballos y a
preparar los perros, felices ante la perspectiva de la aventura.
Calculaba que en tres horas de cabalgata estaríamos sobre nuestra presa.
Comenzó la marcha, silenciosa, con una imperceptible angustia que nos
embargaba, sin saber por qué.
Serían cerca de las once cuando cruzamos un rastro fresco del jabalí. Mi
acompañante se encontraba como a cincuenta metros y por señas le indiqué lo
que ocurría.
Seguimos rastreando y más adelante nos encontramos con otro rastro más
pequeño. Miré con atención. No me cabían dudas,.el jabalí se había encontrado
con una hembra y junto a ella habían reemprendido la marcha.
Esto complicaba las cosas, pero no era cuestión de volverse atrás.
Los perros estaban como electrizados, costando sujetarlos. Olfateaban los
rastros, insistentemente y las ramas que habían rozado los cuerpos de las
bestias.
La acción se presentía, pero, como siempre, nos tomó desprevenidos.
Fue una exhalación. Como un rayo que cayera, incontenible, entre nosotros.
Zarazola oyó ladrar a uno de sus perros, cincuenta metros delante de él y sin
pensarlo dos veces largó su caballo hacia ese sitio.
Los Dogos no aguantaron más y salieron como flechas en seguimiento del
caballo.
"Mancha" y "Brusse" desaparecieron a mi frente, lanzando cortos gemidos...
La pareja de jabalíes estaba echada como a cien metros.
La hembra se levantó, prestamente buscando cruzar a nuestro frente. El macho,
sorprendido, salió en línea recta, veloz, como una saeta.
"Mancha" y "Brusse" corrieron tras el jabalí, mientras Zarazola, con el resto
de los perros, siguió tras la huella de la hembra, ignorante de que "el
grande" disparaba para otro lado.
En un instante, comprendí la debilidad de mis perros, sin apoyo, enfrentando a
tamaña bestia. Mi corazón se estrujó de desesperación cuando corrí tras ellos,
sin tiempo de avisar a Zarazola.
HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE
Esquivé
montes, atrepellándolos descomroladamente. Mis carnes y mi ropa fueron
desgarradas sin piedad. El noble bruto esquivó, no sé cómo, la rodada
previsible y voló más que galopó por ese monte. No escuché los ladridos de.
mis perros sino un tramo más adelante, ya completamente distanciado de
Zarazola.
El jabalí era alcanzado y comenzaba a molestarse. Mis nervios estaban a punto
de estallar. Segundos más y sabría si "Mancha" había prendido de la bestia y
con qué resultado.
Un alambrado puso nn a mi camino montado. Debí bajar de mi cabalgadura,
maldiciendo, pues comprendía que esa alambrada estaba poniendo en peligro la
vida de mis perros, demorándome más de la cuenta. A cuchillo, logré abrir un
boquete, por el que penetré, junto con mi cabalgadura. Monté de nuevo y
escuché atentamente para orientarme.
Un silencio sepulcral lo envolvía todo.
Avancé al trote, llamando suavemente a mis perros. Me desesperaba. Ni un solo
rumor respondía a mi solicitud.
Como a cien metros encontré rastros de sangre. Los miré sin poder apartar de
ellos mis ojos. Tal vez fuese de "Mancha" o de "Brusse".
De pronto, me pareció oír un largo y quejumbroso gemido. Parándome sobre el
caballo, alcancé a divisar, a lo lejos, el gris lomo de "Brusse".
Caminé en su dirección, sin apartar mi vista del suelo. Los rastros denotaban
combate sostenido en plena marcha. La sangre se había convertido en un
reguero, cada vez más visible, cada vez más siniestro. Tropecé casi con los
perros.
"Brusse" gimiendo, trataba de acercarse a su amigo que yacía algunos metros
más allá inmóvil, en medio de un charco de sangre.
Llorando de impotente rabia, bajé nuevamente del caballo y me acerqué a los
perros. "Brusse" estaba destripado de un colmillazo. Sus intestinos fuera del
cuerpo, se habían enredado en una jarilla cercana, impidiéndole todo
movimiento.
Lo liberé y arrastrándose, llegó hasta "Mancha" que, metros más allá,
expiraba, malamente herido. "Brusse" lamió su hocico y clavó sus ojos en los
del Dogo que se fueron oscureciendo, lentamente.
Luego, apoyó su cabeza sobre el cuello ensangrentado de "Mancha" y lanzando
entrecortados gemidos, se fue entregando, también, en los brazos de la muerte.
Zarazola, cuando llegó, me encontró, como sonámbulo, detenido ante la imagen
de mis perros muertos, sin saber qué hacer ni qué decir.
Los restantes Dogos que, equivocados por la acción de Zarazola, siguieron tras
la hembra, fueron llegando al lugar siniestro donde acababa de perder a dos de
mis mejores perros de montería.
Sus aullidos largos y penetrantes hicieron aún más profunda nuestra pena...
Con las ramas de la misma jarilla donde "Brusse" halló horrible prisión a sus
deseos de acercarse antes a "Mancha" formé la cruz que marcó el lugar preciso
donde dos amigos se fueron, unidos como en vida, hacia la muerte.
Yo siempre los recuerdo. Y en el andar del tiempo, he logrado olvidar la
escena final que signó su alejamiento de este mundo y sólo alcanzo a verlos
correteando alegremente por los montes, delante de mi cabalgadura, en busca de
jabalíes y de pumas.
"Brusse" y "Mancha"... mis queridos perros...